Una mañana, encontrándose Yehá en su casa, le dijo su madre:
—Yo voy con los vecinos a dar un paseo por la orilla del lago; quédate y guarda bien la puerta de la casa.
No te separes de ella por ningún motivo.
Se sentó Yehá en el umbral de la puerta y se puso a comer albaricoques secos que le había dejado su madre.
Poco después vino su tío que llegaba del pueblo y creía encontrar en la casa a la madre de Yehá.
Como no fue así, dijo a su sobrino:
—Vendré por la tarde con tu tía; marcha y díselo a tu madre.
Inmediatamente sacó Yehá la puerta de sus goznes,
y cargándosela en la espalda, marchó al encuentro de su madre.
Cuando esta lo vio llegar, le preguntó asombrada:
—¿Qué significa esto?
—Usted me ha ordenado que no me separe de la puerta
—le contestó—.
Pues bien, mi tío llegó diciendo que esta tarde vendría a casa con mi tía y me encargó que se lo comunicara.
Por mucho que he pensado… ¡no encuentro otra solución más acertada para obedecer a los dos!
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